La disputa por el control del relato por parte de la industria es una estrategia para desviar el foco de la discusión ambiental para confundir y centrarse en la desinformación, cuando los datos son incómodos, el foco no está en debatirlos con mayor profundidad, sino en debilitar su impacto en el debate público.
Un ejemplo de esto es cuando la evidencia científica demuestra riesgos o impactos significativos, la respuesta de ciertos sectores no es necesariamente revisar o ajustar los proyectos. Con frecuencia, la estrategia es instalar dudas, desacreditar la fuente y confundir a la opinión pública.
Este fenómeno no es nuevo ni aislado, forma parte de un patrón global que se repite en distintos conflictos ambientales. De hecho, dentro del análisis estratégico de campañas vinculadas a la protección de ecosistemas, se reconoce explícitamente la presencia de “greenwashing” como una respuesta sistemática frente a la presión social y la evidencia científica.
Deslegitimar la ciencia para debilitar la evidencia
Una de las primeras estrategias consiste en cuestionar la validez de los estudios instalando la idea de que no cumplen con estándares suficientes, que no corresponden a procesos formales o que carecen de rigor técnico. Este tipo de argumentos no siempre busca abrir un debate científico genuino, sino generar incertidumbre en la opinión pública.

Artículo International Science Council
El International Science Council advierte que este tipo de prácticas “socavan la integridad y credibilidad de la ciencia ambiental, obstaculizan su capacidad para informar la formulación de políticas y el discurso público, y frenan el progreso en la resolución de problemas urgentes”. En este contexto, el problema no es solo técnico porque cuando la ciencia pierde legitimidad en el espacio público, las decisiones dejan de basarse en evidencia y pasan a estar más expuestas a intereses económicos o políticos.
Crear una narrativa paralela
Cuando la evidencia no favorece ciertos intereses, se construye una narrativa alternativa donde los proyectos aparecen como sostenibles, los impactos se minimizan y los riesgos se presentan como controlados. Este fenómeno es ampliamente conocido como greenwashing.
El objetivo no es necesariamente negar el problema, sino diluirlo al presentar múltiples versiones de una misma realidad, se instala la idea de que no existe una verdad clara, sino interpretaciones equivalentes. Sin embargo, en materia ambiental, no todas las afirmaciones tienen el mismo respaldo.
Por ejemplo, investigaciones independientes han demostrado que ecosistemas como los del Golfo de Chiriquí son altamente sensibles a intervenciones como el dragado o el aumento del tráfico marítimo. Estas actividades pueden alterar significativamente los hábitats y afectar especies que dependen de ellos para su supervivencia, como ocurre con poblaciones de delfines en la zona . La evidencia científica existe; lo que cambia es cómo se presenta o se cuestiona.
El contexto de fondo la lógica que prioriza la economía
Para entender por qué estas estrategias se repiten, es necesario mirar el contexto más amplio. Desde la Revolución Industrial, se ha consolidado una forma de pensamiento que prioriza la acumulación de capital por sobre la conservación de los ecosistemas. En este marco, la naturaleza es entendida principalmente como un recurso disponible para su explotación.
Esta lógica explica por qué, incluso frente a evidencia sólida sobre impactos ambientales, los proyectos continúan avanzando. El desafío no es solo técnico o ambiental, sino estructural. Cuando la economía se posiciona como prioridad absoluta, la protección de la naturaleza pasa a ser percibida como un obstáculo.
En este escenario, la desinformación, la desacreditación de la ciencia y el greenwashing no son anomalías, sino herramientas que permiten sostener ese modelo. Son mecanismos que facilitan la continuidad de proyectos que, de otro modo, enfrentarían mayor resistencia pública.
Lo que realmente está en juego
El problema, entonces, no es únicamente ambiental, es también institucional y social. Cuando la ciencia es cuestionada sistemáticamente, cuando las voces críticas son desacreditadas y cuando la información se fragmenta en versiones contradictorias, se debilita la capacidad de una sociedad para tomar decisiones informadas.
Más allá de cualquier proyecto específico, lo que está en juego es la forma en que se construye la verdad en el espacio público y en ese contexto, la pregunta clave no es solo qué está ocurriendo, sino por qué se intenta generar confusión en torno a ello.
Porque cuando la evidencia se vuelve incómoda, lo que sigue no siempre es una discusión, muchas veces, es una estrategia.
Fuente artículo International Science Council “Ataques a los científicos ambientales: implicaciones para la práctica libre y responsable de la ciencia”