
Simone Ashley visita Chiriquí y nos recuerda el valor de proteger nuestra naturaleza
Simone Ashley visitó el Golfo de Chiriquí. Su paso por Panamá abre una conversación sobre ecoturismo, Manglares de David y desarrollo sostenible.

El océano comienza mucho antes de llegar al mar, comienza en los ríos que desembocan en él, en los humedales que filtran el agua y en los manglares que crecen justo en ese territorio extraordinario donde la tierra y el mar se encuentran.
Durante septiembre, Panamá conmemora el Mes de los Océanos, una oportunidad para recordar algo que muchas veces olvidamos: vivimos en un planeta profundamente conectado por el agua y nuestra vida depende de la salud de sus ecosistemas.
Los océanos cubren más del 70% de la superficie del planeta, ayudan a regular el clima, producen gran parte del oxígeno que respiramos y sostienen una extraordinaria diversidad de vida.
Durante generaciones hemos actuado como si fueran una fuente inagotable de recursos. Como si todo pudiera extraerse, como si todo pudiera recibir nuestros residuos, como si no tuviera límites.
Nuestros océanos son fuente de vida, alimento y bienestar para millones de personas. De ellos dependen comunidades costeras, pescadores, economías locales y ecosistemas completos.
Por eso, protegerlos no significa solamente reducir los plásticos que llegan al mar o crear áreas marinas protegidas, significa comprender las conexiones que permiten que el océano permanezca vivo.
Los arrecifes, los pastos marinos, los ríos, los humedales y los manglares forman parte de un mismo sistema. Porque lo que ocurre en uno de ellos puede terminar afectando a todos los demás. En Panamá esa conexión existe puede observarse de manera extraordinaria y se llama Manglares de David.
En Chiriquí, los Manglares de David forman uno de los ecosistemas costeros más valiosos de Panamá. Aquí, el bosque y el océano prácticamente hablan el mismo idioma.
Los manglares filtran el agua, retienen sedimentos, almacenan carbono, protegen las costas y funcionan como viveros naturales para peces, crustáceos y otras especies que posteriormente habitan ambientes marinos.
También existe una importante población de delfines nariz de botella en Bahía de Los Muertos y Punta Boca Brava. Una investigación realizada en el área identificó 209 individuos y encontró que el 65% de los avistamientos correspondía a actividades de alimentación, mostrando la importancia de este estuario como zona de forrajeo.
Proteger estos manglares, por lo tanto, no significa proteger solamente un bosque, significa proteger el océano desde sus raíces.
Pero los Manglares de David enfrentan la posible transformación de su entorno por el proyecto Puerto Barú. El Océano necesita límites, durante mucho tiempo hemos entendido a la naturaleza por lo que nos entrega, pero existe otra manera de relacionarnos con ella. Es importante dejar de considerar a la naturaleza únicamente como una propiedad o un recurso y comenzar a reconocer su derecho a existir, persistir y regenerar sus ciclos vitales.
Si una empresa puede tener personalidad jurídica y representación ante la justicia, entonces esta protección jurídica también debería ser para los ríos, los bosques o los océanos que hacen posible toda actividad humana y económica.
Reconocer los derechos de la naturaleza significa comprender que proteger un ecosistema no debería depender solamente del valor económico que podamos asignarle.
Cuidar nuestros mares también significa proteger los ríos que llegan hasta ellos, los manglares que abrazan sus costas, las especies que dependen de sus aguas y las comunidades que han construido su vida junto al mar.
Este Mes de los Océanos en Panamá es una oportunidad para mirar más allá del horizonte y comprender que todo está conectado. Porque defender los manglares también es defender el océano.
#DefiendeLosManglares