En las costas de Chiriquí, el manglar no es solo un ecosistema: es una forma de vida. De él dependen actividades artesanales y de sustento que han sostenido por generaciones a comunidades costeras enteras. Cuidarlo no es una consigna ambiental, es una necesidad cotidiana y, en ese cuidado, la labor de la profesora Olga de Samaniego ha sido clave.
Uno de los aportes más profundos de la profesora Olga ha sido unir educación y conservación.
“Nosotros desde el año 2007 venimos integrando a todos nuestros estudiantes en la escuela de Pedregal, para cuidar nuestros manglares”. Involucrar a estudiantes en el cuidado del manglar es formar una ciudadanía que entiende que la naturaleza no es un recurso descartable, sino un sistema del que dependemos. Esa educación temprana crea vínculos, responsabilidad y memoria colectiva.
El manglar como sistema de vida
Los manglares son mucho más que un paisaje, los manglares del Golfo de Chiriquí y de todo el mundo sostienen la seguridad alimentaria local y el ingreso diario de muchas familias. La recolección manual de especies como la concha, cangrejos y otros moluscos, es una práctica de bajo impacto que genera sustento directo y empleo comunitario. El ecoturismo, que diversifica la economía local a partir de manglares sanos y paisajes intactos; y los conocimientos tradicionales, transmitidos de generación en generación que permiten el uso del manglar sin degradarlo, regulando tiempos, zonas y prácticas de extracción, asegurando así su continuidad en el tiempo.
“Nuestros manglares forman parte de nuestros sistemas vivos: nos dan la producción pesquera, hasta lo que es el ecoturismo. De esta manera muchas personas subsisten” En pocas palabras con sus años de experiencia como educadora, Olga tiene una mirada de progreso ante los manglares donde una economía viva depende de un manglar vivo.
Artesanales y de sustento: economías invisibilizadas
Existen economías que suelen quedar fuera de los grandes discursos de inversión y progreso. Sin embargo, son economías reales, sostenidas por trabajo físico, conocimiento del territorio y un equilibrio delicado con la naturaleza. No requieren grandes infraestructuras, pero sí de ecosistemas sanos.
“La pesca artesanal, la pesca de la concha, todas estas actividades económicas podrían verse afectadas”, señala Samaniego, subrayando que el impacto no es abstracto: tiene rostro humano. Su voz no habla desde la teoría, sino desde la experiencia directa con el territorio, con las personas que viven del manglar y con los estudiantes que aprenden a protegerlo.
Los manglares son trabajo, alimento, cultura y futuro. Las actividades artesanales y de sustento que allí se desarrollan no son un vestigio del pasado: son una alternativa que hoy enfrentan modelos de desarrollo que ponen en riesgo los ecosistemas.
Escuchar a quienes cuidan el manglar, y a quienes lo han defendido desde la educación durante décadas es fundamental para tomar decisiones responsables. Porque defender el manglar es defender la vida